LA HOJA DE COCA

LA HOJA DE COCA (primera parte)

I

Historias

Historiass

Fermín Chuquizondo, a sus 18 años, acababa de graduarse de enfermero cuando lo destinaron a servir en una posta médica de un pueblito cerca de Yauri, provincia de Espinar, en Cusco.

Esto nada hubiese tenido de particular sino fuera porque Chuquizondo, a pesar del apellido, no era nativo de la sierra ni quechua o aymara o mestizo de quechua o aymara. Fermín era un negro retinto  cuya piel brillaba al sol como acero brillante, negro como carbón mineral recién sacado de una mina, negro contento, hijo y nieto de familia nazqueña, negro del propio Ingenio a quienes hasta los más negros con orgullo apodan “los azules” de como brillan de puro negros. Era, como es lógico, muy inteligente y además alegre y su sonrisa blanqueaba en sus dientes perfectos casi  todo el tiempo. Le gustaba su trabajo, le gustaba reírse y divertirse, le gustaban, cómo no, las mujeres, le gustaba su comida, le gustaba la vida.

Así que con su saber y su alegría se encaminó a Yauri. Dice el refrán que “gallinazo no canta en puna”, despectivo decir de quienes viven por encima de los 3,500 metros. Y Yauri está por encima de esa altura y el pueblito aún más arriba. Fermín llegó con las tripas casi afuera de tanto vomitar en el camino y sin aliento, con su gran asorochada a cuestas, se derrumbó en una de las camillas de la posta pidiendo que lo matasen no más. Qué tal soroche, pensaron y comentaron unos chiquillos que lo aguaytaban curiosos. Hasta que se presentó Etelmira, cholita quinceañera chaposa y linda, con dientes tan blancos como él, sonriente como él, pero quechua purita y descendiente de incas, color cobre brillante, redondita por donde se la mirase. Y se presentó con un tazón en la mano y cuatro lisuras a flor de boca para espantar a los chiquillos que se burlaban de Fermín mirándolo desde la puerta de la posta.

Etelmira se sentó en una silleta pegada a la camilla donde agonizaba Fermín y con una cucharita de plata, regalo de su abuela, con punta en el mango que sujetaba su lliclla, fue acercando a los labios de Fermín una a una cucharaditas de mate de coca, que es lo que llevaba, bien calentito, en el tazón. Así estuvo una, dos, seis horas, hasta que Fermín dejó atrás las náuseas y se quedó dormido. Cuando despertó aún seguía Etelmira sentada en su silleta al costado de la camilla. Etelmira le ayudó a pasarse de la camilla a una cama de la propia posta y le ayudó a beber el resto del mate. Después, una tras otra, le hizo meterse en la boca unas hojas de coca que Fermín aceptó y agradeció. Pasó la noche y a la mañana siguiente, una buena sopa reemplazó las hojitas de coca y Fermín se dispuso a trabajar y le pidió a Etelmira que le sirviese de ayudante.

Y desde entonces viven juntos, Fermín recibe unas cuantas hojas de coca todas las tardes para asentar el estómago y dormir bien. Etelmira le hace sus guisos y Fermín le enseña a hacer los propios. Quieren casarse y que él estudie medicina en el Cusco y ella enfermería. Para eso están ahorrando dia a dia.

Pero eso es otra historia…

LA HOJA DE COCA (segunda parte)

II

Una tarde Fremín y Etelmira estaban limpiando la sala de atención de la posta. Habían terminado con las consultas del día, repartido las dosis necesarias de entre los pocos medicamentos que tenían y se disponían a irse a preparar la comida, comer y acostarse a soñar juntos y finalmente dormir, cuando tocaron a la puerta con leves golpes.

Fermín Salió a abrir y se encontró con una mujercita llorosa que llevaba casi a rastras a un chiquillo con la cara sucia de chorritones sobre el polvo y el barro de las chacras y los caminos vecinales.

.-Mi hijo es. Jugando con otros muchachos de malcriado se ha caído pues. Su brazo sentido tiene pues. Cúramelo pues tú, moreno.

Fermín sonrió y posando su mano en el hombro del chiquillo hizo pasar a ambos a la sala de curaciones. Etelmira los miraba con el ceño fruncido: “otra vez con las demoras” pensaba.

Fermín hizo que el chico se sentase en una silleta y él, agachado, empezó a analizar el desaguisado. El brazo del muchacho estaba tan sucio como su cara, pero añadido de costrones de sangre e inflamado y amoratado entre la mano y el codo. Fermín le encargó a Etelmira un lavatorio con agua tibia y sobre una banqueta empezó a lavar con suavidad el brazo herido.

.-¿Dónde te has hecho semejante corte y golpe?

.-Jugábanos allá en la chacra de Don Fausto cuando un mi compañero se cayó de la pirca en mi encima y yo me he recostado en un pedrón filudo que en había al pie de la pirca y deso me he dañado, pero.

.-Buenjo, bueno, por lo menos nada te has roto de hueso ni muñeca.

.-Si pues, Señor, nada me he rompido. Suerte tuve.

Fermín terminó de lavar el brazo y Etelmira le alcanzó un paño limpio del botiquín para secarlo. Después se miraron: no habían pomadas, antisépticos ni desinflamantes. Etelmira solamente le alcanzó un puñado de hojas de coca . Se miraron a los ojos.

.-Etel, ¿no tendremos todavía un poco de llantén, del que trajiste del mercado de Cuzco?

 Etelmira se dirigió a la cocina y allí, de un vaso de vidrio corriente de color ver4doso, sacó tres hojas grandes de llantén. Miró a una macetita que tenía puesta sobre el alféizar de la ventana y sonrió. A la luz del final del atardecer, un brote diminuto asomaba de la tierra. Nuevo llantén que en un tiempo podría servirles sin necesidad de irse hasta Cuzco. Eso, si allí dentro y con la luz del sol a través de la ventana y el abrigo de la casa, el llantén se atrevía a pervivir. Regresando a la sala de curaciones, le alcanzó a Fermín las hojas de llantén. Fermín había entibiado y humedecido las hojas de coca en el agua caliente de la tetera sobre la estufa y las colocaba suavemente sobre la herida en el brazo del chico. Humedeciendo y entibiando el llantén, hizo lo mismo colocando las hojas sobre las de coca y, finalmente envolvió brazo, coca y llantén, con una venda limpísima, fruto caritativo del desgarre de sábanas de algodón provenientes de donaciones parroquiales de devotas señoras sabe Dios de qué obispado de Perú.

.-Paisana, téwngalo así por dos días y me lo trae pasado mañana a la misma hora. Que no se ensucie ni se moje. Lávele su r3esto del cuerpo con paño húmedo para que no esté tan mugre y que no ande por los campos a jugar hasta que se cure. Ahí le doy unas pastillas para que tome. Una en cada comida. Una por la mañana, una por mediodía y una por la noche. No se le olvide. Con un retazo de tela final, sujetó el brazo del muchacho a su cuello y les abrió la puerta a madre e hijo, despidiéndolos con una sonrisa y un gesto de la mano en el aire.

Etelmira terminó de preparar la sopa de la noche y ambos la despacharon con buen hambre, a la luz dela bombilla que, prodigio de la electricidad proporcionada por el último gobierno después de muchos años de candiles y velas, había llevado la modernidad al pueblito, asi fuera solo en parte.

Fermín se puso a leer en voz alta, para ambos, compartiendo la lectura como todo lo demás, siempre juntos. La lectura era un préstamo de la biblioteca escolar y “rara avis” producto de un maestro de los buenos que allí medraba, consistía en “Los Ríos Profundos”. Terminado el capítulo, se desvistieron, apagaron la luz y se metieron en la cama.

.-Lindo el chiquito que hemos curado ¿no Fermín?

.-Si, se le ve fuerte y aún con lo que le ha de haber dolido, aguantaba nomás.

.-Si pues. Bueno sería tener nosotros uno como él ¿di?

.-Si, pero solamente nuestro ¿no crees?

Y con amor y delicadeza Fermín y Etelmira empezaron a hacerlo, mientras la luna atravesaba los vidrios de la ventana y los iluminaba con su magia.

¿Qué opinas sobre el tema?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s