EL HOMBRE QUE CAMINABA AL REVÉS

Fernando era un hombre desdichado. Cada vez que pretendía acercarse a algún amigo o a una chica que le gustase, indefectiblemente la tendencia era a alejarse más cuanto más intentaba una aproximación.

Si levantaba la mano para saludar, sin duda la mano se le caia y terminaba golpeando su propia pierna en el costado o, si no llegaba tan lejos, resonaba en una cachetada sobre su propia mejilla. Si por otra parte la tendía para saludar, la mano, como si fuera un ser independiente, volaba hacia atrás ocultándose tras su cuerpo o, peor aún, mostraba un signo procaz e insultante que, indudablemente, no provocaba simpatía alguna en su potencial interlocutor.

Cuando quería ser afirmativo, fuere con el gesto de su cabeza o con la voz, siempre terminaba con un rotundo NO, desconcertando a quien se dirigía.

Lo peor, sin embargo, era que siempre debía operar al revés para salir de su casa y enrumbar calle adelante. Si quería salir, debía hacerlo de espaldas y bajar las escaleras (vivía en un tercer piso) con cuidado para no rodar a trompicones como varias veces le había sucedido.

A renglón seguido abría la puerta con la mano izquierda, a pesar de ser diestro y no zurdo, y salía a caminar sobre la vereda siempre de espaldas y mirando en dirección contraria a la de su avance. Sin embargo, este defecto si tenía para él una explicación: sus pies estaban proyectados en dirección contraria a su cara y su cabeza y compartían la dirección con la del cuerpo. No sabía si tenía los pies o la cabeza al revés, aunque suponía esto último puesto que todo el cuerpo también estaba dirigido hacia atrás con respecto a la cabeza o esta con respecto al cuerpo y los pies. No recordaba si había sido asi desde pequeño, pero el hecho es que en él algo estaba al revés. Y como vivía en Huamachuco, de calles de subida y de bajada, prefería ir siempre cuesta arriba pues le resultaba más cómodo y cuando debía emprender el regreso o se veia obligado a ir cuesta abajo, cada paso era una tortura sicológica como física.

Hasta que llegó a Huamachuco Don Jerónimo Huamanchumi Fajardo, conocido curandero de Celendín. Y le prometió resolver su problema.

Lo citó en su consulta del hospedaje “La flor de la Canela” y lo recibió en la sala común de tal lugar. Lo hizo sentarse en un sillón bastante cómodo y, sujetando con firmeza su cabeza procedió a girarla con rapidez . La puso en su sitio y Fernando quedó debidamente enderezado, con los pies, el cuerpo y la cabeza, apuntando hacia la misma dirección. No se supo nunca si lo había hecho feliz el estar, finalmente, derecho. Y el juez de Huamachuco tampoco supo al principio cómo juzgar un caso tan original. Pero el vecindario en su totalidad, pudo admirar la derechura de Fernando, sonriente y tieso en su ataúd, ya que, como es lógico, la enderezada le había causado la rotura de vértebras y de la médula. Llegado un médico forense desde Trujillo, emitió su informe y pudo finalmente el Señor Juez condenar a Don Jerónimo Huamachumo Fajardo a pena de prisión por ejercicio ilegal de la profesión de médico sin serlo, y homicidio culposo, por su ignorancia en anatomía. Y Fernando pasó a ocupar un nicho del cementerio, sonriente y, por fin, totalmente derecho.

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