EL ÁRBOL, LAS AVISPAS Y LOS PAUCARES

Era  un hermoso árbol, de más de 40 metros de altura. Era el único árbol que quedaba en pie, después de la tala, después de los forados en la tierra buscando mineral, después de la carretera asfaltada, después de la chacra de plátanos, después de todo lo que la mano del hombre había quitado.

Del enrome árbol colgaba el último nido de una pareja de paucares. Y cerca a él, el último avispero que lo guardaba contra sus depredadores de la misma forma recíproca con que la pareja de paucares defendía a las avispas de los insectívoros que pudiesen asediarlas.

El último árbol, el último nido, el último avispero.

Desde la copa del árbol se divisaba hasta el horizonte, allá muy lejos, límite rojizo de tierra y arena revueltas, salpicadas de charcos barrosos sobre los que revoloteaban, solamente, libélulas voraces últimos habitantes de la desolación.

A alguien le estorbó el árbol y, sin dudarlo, aplicó la sierra mecánica sobre sus inmensas aletas primero y al final sobre el propio corazón del tronco. Y el árbol cayó con estrépito. Y con él cayó el avispero destrozándose sobre el enrojecido suelo y desparramando las crías y los huevecillos de las avispas sobre varios metros a la redonda.

También cayó el nido de los paucares y dos diminutas crías perecieron entre el estallido de las ramas.

Las avispas que quedaron emprendieron el vuelo a buscar, lejos, muy lejos, un nuevo árbol en el que fijar su nuevo avispero. Y la pareja de paucares las siguió para buscar también, lejos, muy lejos, un árbol de cuyas ramas descolgar un nido nuevo.

Mientras volaban, las avispas zumbaban con inútil cólera. Mientras volaban, los paucares desgranaban su canto, carrillón melancólico, sonido de agua deslizándose cuesta abajo.

Avispas y paucares se perdieron en el horizonte. No se supo más de ellos. Sobre el terreno desolado empezó a crecer una diminuta planta, germinada de la semilla del enorme árbol. Algún día, quizás algún día, la tierra volvería a vestirse de verde y las avispas y los paucares no necesitarían irse lejos para colgar sus viviendas de una rama.

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