DISTANCIA EN TIEMPO Y ESPACIO

Salzburg, 27 de agosto 1970, 12.30 p.m.-

Acababa de salir de la catedral, de escuchar un magnífico concierto al órgano, de J.S.Bach. Concierto gratuito, ambiente calmado y sombrío, solo los colores de los vitreaux difundían la luz solar y bailaban alegres en aquél pacífico mundo de sombras.

En la calle, empinada y con adoquines por pavimento, no se movía ningún vehículo. El sol alegraba aquél día de verano y la brisa removía cascabeleando, las hojas de los olmos desde allí hasta la orilla del río.

Empecé a subir cuesta arriba, caminando ensimismado todavía por las últimas notas del órgano., hasta que un alegre parloteo a poca distancia me hizo levantar la mirada. A unos quince metros marchaban hacia mi dos jóvenes, chica y chico, de unos 15 o 16 años, charlando entre risas y deslizándose con un andar suave y cuidadoso. Casi iguales, bellísima la muchacha, hermoso como ella el muchacho, gemelos o por lo menos mellizos, la juventud de cuerpo y facciones curvos de la chica apenas se angulaba en el muchacho con cierta masculinidad. Ella, con el pelo largo y castaño claro movido por el viento, él, sujetando el suyo con un sombrero tirolés clásicamente verde y con su pluma de cazador a un costado, que cubría su cabeza levemente ladeado. La risa era constante y contagiosa, la alegría destacaba en su conversación, entrelazada con palabras sin aparente tema de interés, pero con gracioso sonido compartiendo algo de importancia entre ellos.

Venían juntos, casi codo a codo, asi que dejé la vereda y bajé al adoquinado de la calzada para cederles el paso.  A dos metros me fijé en sus ojos. Ambos de un azul intenso, ambos de mirada perdida en una nada horizontal. Entre ambos, un hermoso perro pastor alemán. Los dos unidos al perro pastor y entre si, con una arco flexible sujeto al lomo del animal. Al pasar por mi lado sus sonrisas se intensificaron, me saludaron con alegría y me dieron las gracias por haberles cedido el paso. Después de contestarles con amabilidad, se despidieron y continuaron con su vivaz parloteo y sus risas contagiosas, los ojos azules de los dos mirando al infinito, la seguridad de su guía canino sujeta a ellos deslizándose en medio de los dos con firmeza y habilidad. Unas cuantas nubes empezaron a querer opacar al sol, pero con la mirada puesta en la espalda de los chicos y en el vaivén de la cola del perro, un trozo de verano aún se quedó conmigo.

Lima, 27 de agosto 2012.-

Desde las ramas de los árboles cercanos, caen gotas condensadas de la llovizna que empapa todo en el clásico y plomizo día invernal de Lima. El habitual rasquido de los autos aumenta el sentido de funeral que impregna la ciudad por varios meses. Mirando al suelo, para evitar cualquier hueco de buzón sin tapa, trozo de vereda roto y a desnivel o parche alomado hecho con mal cemento y peor albañil,  camino a saltitos de charco en seco, como si fuera un gorrión a la busca de un grano olvidado sobre el suelo. Un escándalo de bocinas en la esquina me hace levantar la vista y contemplo una curiosidad no habitual en el desorden del tránsito limeño: los autos de la primera fila se han detenido para ceder el paso peatonal. El resto de los vehículos escandaliza con sus bocinas y con ello manifiesta su acostumbrado e inútil apuro. Quien cruza por las franjas de cebra no es un peatón. Sentado sobre una silla de ruedas, después de completar el paso, un hombre sin piernas se me acerca. Es un peruano clásico, habitual, como muchos transeúntes. Modesto, pero no mendigo, sabe Dios con qué trabajo subsiste. No lo conozco, nunca antes lo he visto. Frena la silla de ruedas y con una enorme sonrisa y extendiendo la mano me saluda. En medio de la llovizna su sonrisa brilla como un rayo de sol.

“Buenas tardes, bonito día ¿no?

Buenas..¿dónde va tan apurado?

Voy a darle el encuentro a mi señora. La invitaré al cine.

¡Suerte!

Gracias. Que le vaya muy bien…

Lo mismo digo…”

Terminado el fugaz encuentro, el personaje emprende la retirada a la máxima velocidad que puede lograr con las ruedas de su silla sobre el cemento de la vereda. Un bulto en el cemento me hace temer su volcadura pero no, se equilibra con el cuerpo y sigue corriendo mientras silba un fragmento de “Fina estampa”. Me doy vuelta y continúo mi camino, pero ya no veo el gris ni siento la neblina y el ulular farragoso de los carros. El verano está cerca.

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